lunes, 17 de diciembre de 2012

Veinte estrellas sobre Newtown


“Veinte estrellas brillantes” cubrieron la noche del viernes la pequeña y hasta hace unos días pacífica ciudad de Newtown (Connecticut), en palabras del pastor Robert Wise, que ofició la misa en memoria de las víctimas. Las veinte estrellas de los veinte niños cuyas vidas fueron trágicamente apagadas en un acto de crueldad y sinsentido, permanecerán para siempre en la memoria de los habitantes de esta localidad de Nueva Inglaterra, y en la de todos los ciudadanos del país y más allá de sus fronteras. 
El precio de la libertad es, en casos como éste, dolorosamente elevado. Y mientras el raciocinio se resiste a aterrizar en Estados Unidos, hoy los padres y hermanos y abuelos de las víctimas de la matanza seguirán llorando su súbita despedida. A las “veinte estrellas” se les unieron otras seis: profesores y empleados del centro que perdieron la vida en su encuentro con el asesino. De estas últimas, una de ellas brillará con una luz particular. Es la estrella de Victoria Soto, la extraordinaria profesora de una de las aulas en las que intentó entrar el verdugo. Soto, oyendo disparos en la clase contigua, escondió a sus alumnos en unos armarios y no vaciló a la hora de colocarse enfrente de la puerta a modo de barrera... interponiendo su vida entre las balas y los niños. 
La joven heroína, de 27 años, es sin duda un ejemplo loable de coraje y generosidad, y entre tanta oscuridad nos proporciona un poco de esperanza en nosotros mismos como sociedad, y también como humanidad. Y es que Adam Lanza se topó ese día con una verdad desconcertante para su maquiavélica mente: constató que la maldad, por poderosas que sean sus armas, siempre acabará encontrando un muro de bondad por delante que impedirá a toda costa su objetivo. Y así fue. 'Vicky', como la conocían en el pueblo, logró salvar decenas de vidas ese fatídico día, perdiendo la suya por el camino. 
De modo que la estrella de Victoria Soto jamás será olvidada, ni tampoco las de los cinco adultos y los veinte niños, con toda la vida por delante. Sus luces brillarán un poco más que el resto, a partir de ahora, en el cielo de Newtown. 

martes, 30 de octubre de 2012

“Hicieron un desierto y le llamaron ‘paz’” [Tácito, en referencia a la pax romana]


“El 16 de julio de 1945 fue un día especial en el desierto de Nuevo México (Estados Unidos). El Sol pareció salir dos veces. Una de ellas era el anuncio del inicio de otro día estival; la otra anunciaba el inicio de una nueva era. Horas más tarde, iniciada la Conferencia de Truman, Churchill y Stalin en Postdam, el presidente americano recibió un mensaje: ‘Baby well born’. El bebé que acababa de nacer era la bomba atómica”. Con estas palabras, el periodista Xavier Batalla (La Vanguardia) describía en un artículo de junio de 2010 el nacimiento del arma más mortífera que el ser humano ha creado en toda su historia.
Durante la Guerra Fría el número de armas nucleares llegó a ser de casi 70.000, la cual cosa atemorizó al planeta entero mediante un equilibrio del terror el momento culminante del cual fue la crisis de los misiles cubanos de 1962. Esta semana pasada se han cumplido cincuenta años de esos espeluznantes trece días en los que el mundo contuvo la respiración y se estuvo prácticamente al borde del abismo. Trece días en los que un joven presidente americano con visión de futuro y su homólogo soviético consiguieron evitar el desastre y se ganaron a pulso su sueldo.
Siendo realistas, nadie teme hoy una guerra nuclear entre EE.UU. y Rusia. Menos aún después de que en marzo de 2010 la administración Obama y el líder ruso Dimitri Medvedev llegaran a un acuerdo para reemplazar el caducado Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (START) de 1991 y firmaran un nuevo pacto con el objetivo de disminuir el número de armas atómicas de largo alcance en los arsenales de ambos países en más o menos un tercio. Este logro diplomático significó una de las primeras victorias en política exterior de Barack Obama, el sueño del cual es, en palabras suyas, el de un mundo sin armas de destrucción masiva.
No, el peligro actual deriva de los intentos que grupos terroristas realizan para hacerse con uranio altamente enriquecido y plutonio, necesarios para fabricar explosivos nucleares. Que Al Qaeda se haga con la bomba nuclear es una idea que espanta a cualquier gobierno del planeta, y los servicios de inteligencia americanos han constatado que la organización terrorista responsable de los ataques del 11-S está haciendo intentos de hacerse con el material que compone estas armas destructivas.
La última cumbre sobre seguridad nuclear celebrada en Washington ha puesto de manifiesto que los esfuerzos para que los terroristas no consigan material nuclear descuidado por los países que lo poseen (especialmente países inestables como los de la esfera post-soviética) se ha convertido en una prioridad internacional. Miles de instalaciones civiles y militares, públicas y privadas, algunas insuficientemente vigiladas, en decenas de países, contienen uranio parcialmente enriquecido y plutonio. Algunos cálculos de expertos afirman que en el mundo hay material suficiente para crear 120.000 bombas nucleares, que, de explotar todas al mismo tiempo, destruirían el planeta varias veces.
El actual presidente norteamericano, pues, sueña con un futuro sin armas nucleares. Pero cabe preguntarse qué pasaría entonces. ¿Cuán seguro sería un mundo sin la bomba? François Heisbourg, analista militar francés y presidente del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres, afirmaba en una entrevista que “la fragilidad de la disuasión nuclear es evidente en un mundo multipolar”, pero al mismo tiempo describió algunas consecuencias de un mundo sin la bomba: “Si Rusia no tuviera la bomba estaría renunciando a la única cosa que la hace ser realmente una superpotencia. Si Francia y Reino Unido se desarmaran, Europa sería más Suiza que nunca. India y Paquistán volverían a pelearse (el eterno conflicto étnico-religioso en Cachemira), cosa que no han hecho desde que tienen la bomba. Sin armas nucleares, Israel dependería aún más de Washington, y si Japón viera que perdería el paraguas protector americano, fabricaría por su cuenta la bomba”. Por lo tanto, ¿realmente un mundo sin el poder disuasorio de la bomba nuclear nos haría más seguros? ¿O por lo contrario, más vulnerables a conflictos bélicos?
Nicolás Sarkozy, el entonces presidente de la República Francesa, cuando se colocó en la agenda internacional la hipótesis planteada por Obama de un mundo libre de la amenaza nuclear, fue contundente: “No abandonaré de forma unilateral el arma nuclear, que garantiza la seguridad de mi país en un mundo tan peligroso como el de hoy”. El sueño de Obama, según Sarkozy, pertenecería a un mundo virtual. Por su parte, Margaret Thatcher, en 1987, ya afirmó: “Un mundo sin armas nucleares puede ser un sueño, pero nadie puede construir una defensa segura sobra un sueño. Un mundo sin la bomba sería menos estable y más peligroso para todos”. Parece ser que Obama es de los pocos líderes mundiales con esperanzas reales de acabar con la amenaza atómica.
En 1991, con la desaparición de la Unión Soviética, se cerró la primera era atómica, pero la proliferación nuclear continua hoy en día. La Segunda Era Nuclear se caracteriza por la emergencia de nuevas potencias sin armamento y por la amenaza del terrorismo apocalíptico. Los emergentes exigen el desarme total y el acceso a la tecnología nuclear de naturaleza civil, no militar. Pero este anhelo esconde en algunos casos un primer paso para conseguir la bomba (Irán es su exponente más conocido). El problema real es que nadie se fía de nadie.
Con la redacción en 1968 del Tratado de No Proliferación – un régimen jurídico con demasiadas lagunas por resolver – se puso el acento en evitar que otros países obtuvieran tecnología nuclear militar, pero se obvió la proliferación vertical que permite incrementar los arsenales de los países que ya poseen dicha arma. El nuevo START puede interpretarse como un guiño prometedor por parte de las diplomacias americana y rusa hacia una comunidad global que recela cada vez más de unas pautas del juego que otorgan a las potencias ya nucleares un amplio margen de maniobra, y al resto ninguno. Si EE.UU. y Rusia no reducen sus arsenales, ¿qué credibilidad tienen para exigir al resto que renuncien a los suyos?
El otro día comentaba este tema con un amigo. Siempre he tenido una posición bastante indulgente con la necesidad de la existencia de la bomba. Los argumentos relativos al orden y la seguridad que quedan asegurados por la disuasión nuclear, aún y no ser santo de mi devoción, suelen acabar convenciéndome. Pero en el calor del debate él me espetó que si esta es la única solución que hemos encontrado – la humanidad – para dejar de masacrarnos incesantemente, entonces no solo es triste, sino, a su entender, un fracaso para el hombre. Y no hallé razones para discutirle esa opinión. Y es que realmente, desde un punto de vista más humano, más ético, el hecho de llenar el planeta de cabezas nucleares es una idea horrible. A corto plazo, quizás irremediable. A medio, decepcionante. Y a largo, peligrosa. Dijo Einstein: “No sé con qué armamento se luchará en la Tercera Guerra Mundial, pero sí puedo asegurarle con cuál se hará en la cuarta: palos y piedras”. La disuasión nuclear es operativa mientras las potencias implicadas en la disputa sean conscientes de que la destrucción mutua está garantizada. ¿Pero qué pasa en un mundo multipolar, con no sólo dos, sino ocho potencias con armas atómicas, y tamaños de arsenal variables?
El orden internacional basado en la disuasión está agonizando, y es menester encontrar una alternativa al caos geopolítico derivado de un mundo con muchas bombas y muchos Estados dispuestos a utilizarlas. De ahí que los dos gigantes atómicos en la actualidad, Rusia y Estados Unidos, hayan apostado por reducir sus arsenales: ambos son conscientes de que cuantas más bombas hayan, más probabilidades hay de que actores criminales no estatales den con ellas. Pero esta solución no deja de ser un parche a corto plazo. Llegará el día en que el terrorismo yihadista desaparezca, y entonces nos enfrentaremos a un temor mucho mayor: el riesgo al estallido de una guerra nuclear global.
O un organismo mundial con verdadera capacidad de resolución y acción (excluyo a la ONU, que ha fracasado en ese propósito) monopoliza el poder nuclear internacional, o nos veremos forzados a convivir en una frágil tesitura en la que sólo cabrá esperar a que una potencia mayor, con casus belli cuestionable y disposición a usar el arma atómica, se decante por un ataque unilateral masivo sobre otro Estado o bien no atómico o bien incapaz de ofrecer una contrarréplica –me preocupan Corea del Norte e Irán, Estados que podrían cumplir esos requisitos–, y cuya única sanción sea un exiguo ostracismo diplomático y económico y la condena internacional (que no disuadirán a otras potencias de seguir el mismo camino), o una alineación de Estados en forma de alianzas que significaría el preámbulo de un cataclismo nuclear a escala global.
Si, en efecto, esta es la única alternativa que nos queda, si no podemos dar más de nosotros mismos… Quizás será conveniente hacer nuestra la frase de J.D. Salinger: “Me alegro de que inventaran la bomba atómica: así si necesitan voluntarios para ponerse debajo cuando la lancen, puedo presentarme el primero”.
No sé, che, habría que intentar otro camino.

lunes, 22 de octubre de 2012

Cómo aprender a amar The West Wing sin caer en el fetichismo (1)


“Señor Presidente, ¿puede decirnos si se presentará a un segundo mandato?”. Con esta incógnita termina la segunda temporada de El Ala Oeste de la Casa Blanca. El panorama: una sala de prensa rebosante de insaciables periodistas deseando poder realizar la siguiente pregunta, una tormenta tropical estremeciendo el atardecer de Washington DC, y, sobre el estrado con el sello del presidente de los Estados Unidos, Jed Bartlet es ametrallado por decenas de flashes de cámaras que le deslumbran a él y a sus enmudecidos asesores en la retaguardia. Su mirada, apuntando directamente a la periodista del New York Times que acaba de espetarle la pregunta, se redirige ahora hacia todos y cada uno de los allí presentes, con una sutil sonrisa y rostro inescrutable. No suelta prenda. Esa misma tarde, el presidente ha dado a conocer en una entrevista televisada su esclerosis múltiple, y el enigma ahora es saber si, con el peso de esa enfermedad (y el del engaño que ha ido arrastrando desde que tres años atrás jurara el cargo en la colina del Capitolio) se ve con el ánimo necesario para apostar por una segunda legislatura al frente de la nación más poderosa del mundo.
Con la solemnidad de esta escena y la pregunta en el aire nos deja Aaron Sorkin, su creador, con el aliento contenido, dando pie a todo tipo de conjeturas sobre el futuro del ficticio presidente Bartlet que serán debidamente resueltas en la tercera temporada. La administración demócrata que inventa Sorkin, sin embargo, dista bastante de ser una quimera.
Nos encontramos en el año 1999 cuando se lanza el primer capítulo piloto de la serie. Bill Clinton ocupa entonces el trono del escritorio Resolute, y los demócratas se hallan en su último mandato en la Casa Blanca tras ocho años seguidos no exentos de polémica. En este contexto emerge en la televisión estadounidense una serie, The West Wing, que rompe moldes: nunca antes nadie se había atrevido a llevar a la pequeña pantalla los quehaceres de la política nacional, y no es extraño el miedo que suscitaba el hacerlo. El gobierno federal, pésimamente valorado por el americano de a pie, era percibido como un ente alejado de la sensibilidad de la sociedad; un caro nivel administrativo al que debía dejársele el menor margen de maniobra posible para no sobrepasar en sus atribuciones las competencias estatales y locales, mucho más próximas al ciudadano. Poca gente parecía conocer a qué se dedicaban realmente los políticos de Washington, aislados en la capital federal con un cómodo estilo de vida que todos los contribuyentes, a regañadientes, debían mantener. Y en este clima natural de recelo a todo lo que significara Washington nace El Ala Oeste de la Casa Blanca, un experimento arriesgado que se propone acercar al ciudadano el día a día de los asesores del Presidente, sus vidas y su trabajo, en un intento de romper con esa mala imagen que llevaba cosechando la élite política nacional desde hacía demasiado tiempo.
Seis años después del final de su última temporada, en 2006, es falso decir que la difusión de The West Wing ha contribuido a mejorar sustancialmente la percepción ciudadana hacia el gobierno federal. Sin embargo sí ha logrado despertar un cierto interés (antes endeble) e incluso seducción  por el poder ejecutivo (alerta) no sólo en Estados Unidos, sino más allá de sus fronteras. El que la administración fuera demócrata y no republicana se debe más a un capricho de sus creadores, presumiblemente por simpatía política (ya se sabe, estos de Hollywood…), que a un intento de emular los años de Clinton, e incluso fantasear con una hipotética administración Gore. Pero pocas no han sido las veces que se ha comparado a Jed Bartlet con el presidente Clinton (este último, mucho menos escorado a la izquierda que su homólogo en la ficción). Y es que la tentación de comparar una administración con otra es casi irresistible, pero no podemos caer en la fácil conclusión de que la serie tuvo el objetivo de popularizar a dicha administración: cuando Jed Bartlet se encuentra en su tercer año de mandato, el inquilino en el Despacho Oval es George Bush hijo, y así seguirá siendo hasta que Bartlet abandone la Casa Blanca, cediendo el relevo a… No, no hagamos de spoiler.
Pero una cosa es segura: en esas fechas, a los demócratas les llenaba de esperanza saber que, mientras el pueblo americano había votado republicano en el 2000 y en 2004, Jed Bartlet les seguiría esperando en su cubículo del Ala Oeste en el capítulo de la semana siguiente, con la brillantez y la genialidad particulares que caracterizan a su personaje. Pero esta misma idolatría por el presidente Bartlet, y de eso hablaré en el siguiente post – si Aaron ‘God’ Sorkin quiere –, acabaría conllevando muy a su pesar para los demócratas un síndrome peculiar que bien podríamos denominar como el “Bartlet’s complex”. John Kerry, si le preguntáramos, daría buena fe de ello.



El reparto de The West Wing  en la 1 Temporada. 

sábado, 13 de octubre de 2012

Eppur si muove


Galileo Galilei, padre de la astronomía moderna, tras un doloroso y humillante proceso inquisitorial en el que se le acusó de herejía por atreverse a romper con la doctrina religiosa de una Europa subyugada al Vaticano, tras escuchar y aceptar el dictamen del tribunal, y habiéndose retractado del principal motivo de su condena, la teoría heliocéntrica del planeta, se tornó con el semblante resignado y las facciones fatigadas del sabio que es forzado a vivir su erudición con desdeño y censura y aceptó que, simplemente, el mundo no estaba preparado para entenderle. No obstante – si hacemos caso a la leyenda –  el cansado hombre de sesenta-y-ocho años aún tuvo fuerzas para murmurar, con la misma rebeldía y desobediencia que encarnaban sus obras, que “y sin embargo, se mueve”. Eppur si muove, para ser más exactos, como afirmaría el escritor renacentista Giuseppe Baretti.
Apócrifa o no, esta frase ha devenido un símbolo del inconformismo, de la tenacidad y de la resistencia. También de la insistencia. Por eso parece apropiado que los dos nuevos satélites que la Agencia Espacial Europea (ESA) lanzó ayer con el objetivo de construir la primera mini-constelación operativa de un sistema de navegación genuinamente europeo llevaran el nombre del elogiado científico. Las Galileo están ya en órbita, y representan un hito en el programa espacial europeo, que aunque  intimidado por sus grandes competidores norteamericano, ruso o incluso chino, y desalentado por la carencia de fe generalizada en su proyecto y en lo que significa, dio ayer signos inequívocos de vitalidad. Minúsculos, pero verdaderos. Pero ciertamente, este empujón de la presencia europea en el espacio exterior no es equiparable ni de lejos con la trascendencia que tuvo ayer también la otorgación del Nobel de la Paz a la Unión Europea.
Han sido muchos los decepcionados por la decisión del tribunal noruego (el Nobel de la Paz, a diferencia de sus hermanos, lo concede Oslo, no Estocolmo) y no pocas también han sido las voces que han considerado “ridículo” que una mención de tal calibre se entregue a una institución, la UE, que precisamente no pasa por su mejor momento, y cuyas bases fundacionales son más cuestionadas que nunca, bien por la incapacidad de sus líderes de afrontar eficazmente la crisis económica en la zona euro, bien por las reticencias nacionales a ceder más poder a Bruselas en aras de la consolidación de una Unión realmente política, bien porque, como apuntan muchos analistas de la geopolítica internacional, Europa parece haber perdido el fuelle que la impulsó a organizarse en un espacio de cooperación común y de estabilidad para consagrar una unión que va más allá de la simple suma de Estados: la idea de una Europa como una identidad cultural, económica, militar y política. Los europeos, así pues, hemos olvidado la guerra.
Javier Solana escribía ayer en el País, en el contexto de la entrega del Nobel, que la Unión Europea es una institución que “surge en un continente capaz de escalar las cotas más altas del conocimiento y la sensibilidad y también de descender a los abismos más profundos del dolor que un ser humano puede causar a otro”. El galardón, según sus adjudicadores, es un reconocimiento a la fraternidad entre naciones, a la construcción de la paz en un continente castigado por las peores guerras que ha conocido la humanidad, a la promoción de valores tales como la igualdad, la tolerancia y el respeto, y a la contribución a la difícil tarea de difusión de los derechos humanos por todo el globo. Visto así puede sonar a que los europeos somos el prototipo de comunidad deseada por la Carta de San Francisco, pero nada está más lejos de la realidad. La entrega del Nobel no hay que entenderla como una palmadita en la espalda, un agradecimiento o un aplauso a décadas de (re)construcción europea. No es así. Europa no ha estado a la altura en muchas ocasiones, ni fuera de sus fronteras ni, muy importante, dentro de ellas. Las democracias que alberga distan de ser perfectas y los europeos nunca hemos sido precisamente fuenteovejuneros. Los pecados de una globalización no redistributiva y de un aumento de las desigualdades debido a nuestro modelo competitivo, bursátil, basado en la rentabilidad inmediata, también son nuestros pecados. Además, cuando nos ha convenido hemos dado apoyo a regímenes de dudosa reputación, consintiendo injusticias, escondiendo bajo la alfombra derechos sociales esenciales y no respetando principios fundamentales queriendo a la vez imponerlos a los demás. Sin olvidar nuestro sentimiento de potencia indispensable, una convicción bien arraigada en las élites europeas de que seguimos teniendo efectivamente un papel global que desempeñar, pese a la realidad de que, en lo esencial, somos una potencia media postimperial. Nos cuesta trabajo comprender que Occidente ya no es el centro del Universo.
Precisamente por todo esto, el Nobel de la Paz no podría haber llegado en mejor momento. A diferencia del significado que en la mayoría de casos ha venido a dar la entrega de este premio – el de un reconocimiento a la contribución a la paz –, este galardón es un tácito acicate a lo que está por llegar. Su simbolismo también radica en el hecho de que sea Noruega, país no miembro de la Unión y con un euroescepticismo manifiesto en tres de cada cuatro habitantes, quien nos estimule a seguir el camino que empezamos a recorrer hace ya cincuenta años. Ya que desde dentro no acabamos de comprender la singularidad del momento, desde fuera han entendido que sin un aliciente externo no veremos la necesidad y también la ocasión de impulsar con más decisión que nunca el proyecto europeo. Nos encontramos ante una coyuntura particularmente difícil, y por eso es necesario actuar acorde con la oportunidad que este contexto histórico nos brinda para dar un paso de gigante hacia la consolidación del sueño europeo, una misión casi romántica de solidificación de la identidad europea: el papel que queremos tener en el mundo.
La oportunidad que tenemos delante se traduce en una apuesta por el afianzamiento de los fundamentos que impulsaron a la Unión, el trayecto lento pero sin demora hacia unos Estados Unidos de Europa, salvando las necesarias distancias con nuestro aliado atlántico, puesto que si queremos realmente conformar una identidad propia, como bien aprendieron los indios en su momento, o los ucranianos, o quizás dentro de poco los japoneses, el requisito es aprender a desvincularnos de aquello que nos mantiene atado a un círculo de decisión y de poder alejado de nuestras fronteras. En ello se basará la nueva estrategia para la Alianza Atlántica, una organización en la que se deberá reconocer a partes iguales la influencia americana y europea, en una relación amistosa y sincera de dos. No encontraremos obstrucción en Washington, que anhelan tanto como nosotros una Europa definitivamente europea, tanto por su interés en que seamos el puente democrático hacia el tablero de juego eurásico como por la fatiga que supone cargar con la corona de la supremacía mundial. Una hegemonía occidental que muy pronto – y ya puede constatarse – dejará de polarizarse en el Atlántico, trasladándose a los emergentes BRIC (Brasil, Rusia, India, China), y a otras potencias medianas que no buscarán entorpecer ni derrocar el sistema actual, ya triunfante, sino converger con él, beneficiarse de sus virtudes, y tener una silla asegurada en la mesa de los mayores.
El gran impedimento que separa este proyecto común de su meta no vendrá de fuera, sino de dentro, de un producto histórico europeo que últimamente está cobrando un inusitado impulso: el Estado nación. Guy Verhofstadt, ex primer ministro belga, en una entrevista a La Vanguardia, no vaciló al proclamar que “O los estados ceden poder a Europa o lo perderán todo”. Cuando el periodista le preguntó quién podría oponerse a una Europa federal, respondió: “Los estados, por supuesto, reluctantes a ceder su poder, pero al mismo tiempo asustados, porque se ven incapaces de enfrentarse ellos solos a los mercados. Son los mercados los que exigen más Europa al poner en evidencia la impotencia de los estados europeos cuando actúan en solitario”. Las reivindicaciones nacionalistas, reticentes a ceder soberanía a un ente difuso en la lejanía como es el Parlamento Europeo deben comprender que el Estado nación está acabado y no tiene opciones de sobrevivir en un mundo ya tan multipolar como el actual. Dentro de poco, demográfica, económica y militarmente hablando, ningún Estado europeo podrá estar en el G-8 por sí mismo, y sin un Estado europeo en un centro de decisión tan importante como este, nuestros valores y nuestro modo de vida no tendrán defensor. Hay que ampliar las miras y entender que nuestro futuro, si queremos tener poder real y estar en la mesa de negociación cuando se debatan los temas importantes que nos conciernen a todos, pasa por la integración, no la simple cooperación, ni mucho menos, la separación.
Europa avanza como siempre a golpe de crisis, y por eso debemos aprovechar el momento para desarrollar el esquema sobre el que se vertebrará nuestra propia identidad a largo plazo. Hay que construir europeos, hacer nuestro el proyecto, sentirnos identificados e involucrarnos.  Partiendo de los valores democráticos y de justicia social que impregnaron los primeros tratados comunitarios, es necesaria una profundización y una asimilación de lo que Europa significa, a dónde va y también de dónde venimos. Éste es el mensaje que lleva inscrito el Nobel que acabamos de recibir. Un mensaje de optimismo, de altura de miras y de grandes proyectos. El resto del mundo está a la expectativa de ver si el sueño europeo se consolida de una vez por todas o si se resquebraja definitivamente. Después de todo, el Nobel hará las veces de botella de oxígeno, alargando un poco la vida a una Unión Europea aquejada de falta de consenso y de memoria. El quid de la cuestión estará en ver si somos capaces de recoger y procesar los ánimos que nos han dado los noruegos y, de paso, demostrar a los que viven más allá de nuestras fronteras y se preguntan si seguimos vivos que '¡Europa eppur si muove!'.

domingo, 6 de mayo de 2012

... me volvió hasta París el tren expreso.

El tren expreso

[canto segundo] 
VII
Las cosas que miramos
se vuelven hacia atrás en el instante
que nosotros pasamos,
y conforme va el tren hacia delante,
parece que desandan lo que andamos.



[canto tercero]
II
"Mi carta, que es feliz pues va a buscaros,
cuenta os dará de la memoria mía.
Aquel fantasma soy que, por gustaros,
jugó a estar viva a vuestro lado un día.
Cuando lleve esta carta a vuestro oído
el eco de mi amor y mis dolores,
el cuerpo en que mi espíritu ha vivido,
ya durmiendo estará bajo unas flores.
¡Por no dar fin a la ventura mía
la escribo larga..., casi interminable...!
¡Mi agonía es la bárbara agonía
del que quiere evitar lo inevitable...!
(...)
Me rebelo a morir, pero es preciso...
¡El triste vive y el dichoso muere...!
Cuando quise morir, Dios no lo quiso;
hoy que quiero vivir, Dios no lo quiere.
(...)
Hasta furiosa, a mí, que ya no existo,
la idea de los celos importuna:
¡Juradme que esos ojos que me han visto
nunca el rostro verán de otra ninguna!
Y si aquella mujer de aquella historia
vuelve a formar de nuevo vuestro encanto,
aunque os ame, gemid en mi memoria;
¡yo os hubiera también amado tanto...!
Mas tal vez allá arriba nos veremos,
después de esta existencia pasajera, 
cuando los dos, como en el tren, lleguemos
de nuestra vida a la estación postrera.
(...)
¡Nunca olvidéis a esta infeliz amante
que os cita, cuando os deja, para el cielo!
¡Si es verdad que me amasteis un instante,
llorad, porque eso sirve de consuelo...!
¡Oh, Padre de las almas pecadoras,
conceded el perdón al alma mía!
¡Amé mucho, Señor, y muchas horas:
mas sufrí por más tiempo todavía!
¡Adiós, adiós! ¡Como hablo delirando,
no sé decir lo que deciros quiero!
¡Yo sólo sé de mí que estoy llorando,
que sufro, que os amaba... y que me muero!"

Ramon de Campoamor


jueves, 3 de mayo de 2012

Òstia de llibres, deien ells

Ara sí, aquesta última tronada l'ha fet saltar de la butaca on fins feia un moment estava llegint Voyage au centre de la Terre per tercera vegada, o cuarta potser, què més dóna; tampoc les compta. Encara guarda als ulls l'ensurt pel fort espetec del tro que l'ha fet perdre el rumb de la història. Collons de temps, ha de ploure precisament avui! El tanca pel punt i el desa sobre la tauleta, i damunt la coberta vellutada hi col·loca amb molta cura les ulleres de mitja lluna que només utilitza les estones que llegeix, tardes, nits senceres, dies de vint-i-set hores, quan es tanca i engoleix voraçment llibre rere llibre, i perd la noció del temps i tota la resta desapareix per complet.

S'apropa trontollant a la finestra i hi queda clavat al terra de braços creuats, observant la llunyania. Es passa la mà per la barbeta i s'acaricia amb blanor l'afaitada, amb un gest entre encuriosit i de misteri, tot un intèrpret, sí senyor. Amb ulls esquifits aguaita l'exterior des de la seva vista privilegiada, allà dalt, a la cambra més alta d'una torre majestuosa que tal vegada fou propietat d'un filòsof del poble, un home de tota la vida que tenia molta cosa per dir i la vida se li quedà curta; un home admirable, amb seny. Ara que ho pensa, el podria haver convidat, a en Pujols, a la tertúlia d'aquesta nit, si no fos perquè al cel sigui. Una llàstima, sí, una veritable llàstima. Renoi, el Pujols... I pensar que aquestes quatre parets, aquests llibres que tants secrets li amaguen, aquest aire que respira aquí, tancat a la biblioteca, i aquests jardins enreixats pels quals es perd sovint per evadir-se de tot, van pertànyer una vegada al filòsof. I, tot i així, sempre ha cregut que el pensador, o l'ànima del pensador, mai va abandonar del tot aquest palauet dissimulat i recòndit. El nota de tant en tant, el seu alè, clavat a la seva esquena.

Fora al carrer cau una terrabastada de mil dimonis, llamps, trons, i un xàfec glaçat que congela els ossos, estiguis o no fora de casa. Ell, no obstant, ha estat previsor i té el foc a terra encès i escalfeint la cambra des d'abans que comencés la tempesta, i ara qualsevol envejaria l'ambient entebeït que s'hi conserva tot i el fred que intenta introduir-se per entre les escletxes de les parets i del sostre. El dia fa estona que ha començat a morir lentament, molt lentament, com un vals vienès que ara ve i ara se'n va, d'aquí en allà, i ja s'acosta el capaltard. El llustre del Sol, enfosquit pels núvols que s'han aixecat de sobte i descarreguen amb fúria, desapareix més enllà de les agrestes cimes de Montserrat, que retallen la llum del capvespre i prenen el protagonisme del paisatge, demostrant la força que com a muntanya sagrada poseeix, omnipotent, poderosa. A baix a la plaça, una senyora corre amb un tros de diari al cap, buscant aixopluc. Una mica més enllà, el llibreter s'afanya a recollir el tendal abans que aquest caigi pel pes de l'aigua, que s'hi acumula al damunt. I ell, allà dalt de la torre, ni s'immuta. 

Aprofitant que el paisatge l'ha distret per una estona, en Gabroche se li ha plantat al davant i ara juga ficant-se per entre les seves cames, esmunyint-se amb lassitud i gansoneria, refregant el seu pelatge fosc. Deu tenir gana. Ha vist tota la fastuositat de berenar que el seu amo ha preparat per als convidats, que arribaran en un moment o altre, i el pobre gat els hi té enveja. Ell somriu i l'agafa pel ventre, i el porta, ben bé com a una criatura, al seu cistell de vímet, on passa les hores jugant amb una piloteta vermella, o tossint boles de pell llefiscoses, gratant-se el clatell amb molèstia, o simplement dormint o fent-se el dormit, mentre el seu amo llegeix concentrat a la butaca del fons de la cambra, ben a prop de la finestra.

Quan ja té a en Gabroche engrescat, xarrupant amb impaciència la llet que li ha deixat amb cura al costat del cistell, repassa que tot sigui al seu lloc. Al matí ha mogut els mobles per tal de deixar espai suficient i ha obert la taula allargada, de manera que ara la biblioteca ha quedat transformada en un menjador improvisat, tot i que s'endevinen els munts de llibres per tot arreu. I les prestatgeries, tan ben col·locades i netes - fa una estona hi ha passat el drap - donen a l'ambient un caliu literari molt adient amb el motiu de la vetllada.

No tenia cadires suficients i les ha hagut de demanar als veïns, que se l'han mirat d'una manera estranya quan han sentit que aquesta nit vénen convidats i necessita unes quantes cadires de més, que no dóna abast amb el que té. "Pobre Lozano, diuen, pobre Lozano...". I és que ell no en celebra mai, de trobades com les d'avui. De ben segur que hauran pensat que el pobre veí del costat ja delira, que està més sonat que, que. Però a ell el que puguin pensar tant se li en fot. És un home solitari que no es fa amb absolutament ningú del barri, a excepció de la senyora Teresa, que viu un carrer més amunt, i que freqüentment li porta algun pastís de poma o algun tupper amb caldo amb tota la bona fe del món, i la gent comenta que ho fa per pena, diuen que el noi que viu al palauet d'en Pujols no té família i viu trist i sol, tancat entre quantre parets només en companyia del seu gat, com un amargat condemnat a la solitud de les paraules. Al mercat també comenten que els llibres li han menjat el cervell, òstia de llibres, diuen. Des que viu a l'antic palauet d'en Pujols no ha tornat a ser mai més el mateix, certament. Però això, a ell, tant se li en fot. Els demés que diguin missa si volen. 

El campanar, no molt lluny, toca les nou del vespre. Ara sembla que la barrumbada comença a afluixar, la nuvolada s'escampa lentament i es dispersa, fugint Montserrat enllà. Les gotes no cauen tan grosses i enrabiades, i de mica en mica el ruixat s'esvaeix fins a quedar reduït tan sols a un minúscul plovisqueig, a un lleu plugim que s'agraeix després de la tempestat. Un dèbil xim-xim, gairebé res. 

Se n'alegra que ara no plogui tant com abans. Els convidats no tindran tantes dificultats en trobar lloc pel cotxe. D'aquesta manera tampoc li deixaran el rebedor fet una calamitat, amb bassals pel terra i paraigües degotant per totes bandes. I sobretot, aquest gir en el temps el fa respirar tranquil ja que no hi ha tantes possibilitats que el parquet quedi fet un desastre. Sí, sí, el parquet és prioritari. No vol que li mullin, el parquet. 

Passen els minuts, un quart, dos quarts, i cap senyal de vida, el timbre no ha sonat ni una sola vegada. Comença a amoïnar-se. Ja fa mitja hora que haurien d'haver arribat. El Monzó, l'Empar, la Rodoreda, el Zafón i la Roig. Havien quedat per a berenar a casa seva i ho tenia tot preparat des d'abans de les quatre, que va ser quan es posà amb la xocolata desfeta, intentant seguir fidelment els passos d'un llibre de receptes que havia demanat a la senyora Teresa. Ella es va oferir ràpidament, a fer-li la xocolata. Ja te la faig jo, rei, li va dir. Però ell, que no, que volia fer-la tot sol, que ho veia com un repte. Ara, quan veu la pasta flonja que hauria d'haver estat una deliciosa xocolata ben calenta, se'n penedeix de no haver acceptat l'ajuda.  

Es passeja al voltant de la taula, comprovant que tot sigui al seu lloc. Els croissants segueixen a la plata, solitaris i oblidats, la xocolata, o una cosa estranya que se li assembla, ha estat degudament repartida entre les tasses. El te, la llet i el cafè són freds des de fa estona. És una pena, amb el goig que feia tot quan encara fumejava i escalfava l'aire d'olors ensucrades, o amargues. Ara tot sembla tan ensopit, com el temps, pensa ell. Col·loca paral·leles les culleres per cinquena vegada, apropa encara més la sacarina a la tassa del Zafón, que té entès que és diabètic. Les torrades i la mantega són ben a prop de la Roig i la Rodoreda, golafres de mena, que els hi agrada asseure l'una al costat de l'altra, i està esperant a que arribi l'Empar per treure de la nevera el Gin Tònic, fresquet com li agrada. Ella sempre diu que si se'l serveixen calent, ni el tasta. I el Monzó, presidint la taula, allunyat de la Moliner. Mai s'han acabat de portar, no sap el perquè. A ell li agrada, això de gesticular excessivament, vol tenir-ho tot controlat, és la veu que dirigeix les tertúlies literàries que celebren de tant en tant. Per això l'Empar, que no li passa ni una, sovint li ha de baixar una miqueta els fums. Tots, en silenci, hi estan d'acord, que s'ho té massa cregut. Serà que ell és així, o ves a saber. Però tot i aixó s'estimen, i sempre es demanen perdó després d'escridassar-se i llençar-se els plats pel cap, i la Rodoreda sempre ho sentencia dient: "No poden ni veure's, i tot i així son incapaços de viure separats. En el fons el Monzó, tot i ser una mala bèstia, té un cor que no li cap en el pit!". I aleshores el Monzó remuga i li diu "calli vostè, que ja porta un conyac de més". 

En Gabroche s'ha adormit. Queda tan menut, arraulit sota la manta verda que li va comprar farà un parell de dies. Ja ho deia la venedora, ja, que li estaria bé una manteta al gat. Es mira el rellotge, nerviós. L'agulla ja marca les deu. Collons, la puntualitat. Si ho arriba a saber, si hagués sabut que farien tard... Es mossega les ungles, inquiet. No deixa de moure's d'un lloc a un altre de la cambra. L'han decebut, aquesta colla d'impresentables. Agafa una galeta i se l'empassa. Renoi, la gana que té. S'ha fet de nit, i no fa un mos des del migdia. Es veu temptat de cruspir-se tots els croissants, de devorar les torrades i no deixar-los res als altres. Ja s'ho faran, ves. Quina cara fotrien al veure-ho, pensa. I li fuig una petita rialla. S'acosta al tocadiscs i l'encén, escollint un vinil que li encanta. I el silenci el trenca un Frank Sinatra parsimoniós que canta quelcom de light a candle in the chapel. Afluixa el volum fins que "La veu" queda minvada a un xiuxiueig agradable, un soroll de fons que no el fa sentir tan sol, tan abandonat. Derrotat, reprèn el llibre de Verne i l'obre pel punt. S'asseu a la butaca d'orelles d'elefant i quan assoleix la posició més còmoda es col·loca les ulleres. Puja la cama dreta sobre l'esquerra en un gest quasi ritual i prossegueix amb la lectura. De no molt lluny li arriba una dèbil olor amarga de cafè, deliciosa, i també de melmelada de no sap què, potser de poma, o potser pera. Sí, pera. Fora comença a ploure fort, de nou, i el soroll de la pluja i la veu de Sinatra es barrejen i creen un còctel auditiu màgic i únic. No sap per què però pensa en la ganyota de fàstic que hagués fet el Monzó al tastar la xocolata, i la Roig compadint-se del pobre cuiner, que amb tanta il·lusió l'haurà preparada, i ell que la imita i diu que blablablà. S'imagina l'escena i somriu. Quan ja porta llegides dues línies, de reüll se n'adona que en Gabroche s'ha despertat i estira els músculs, allargant-se i ensenyant les dents esmolades, d'un marfil immaculat.